sábado, 19 de julio de 2008

La ancianidad


La vejez es un proceso biológico irreversible, que se presenta durante la tercer o última etapa de la vida del ser humano; caracterizada por la manifestación de cambios psicológicos importantes que incluyen disminución de las facultades mentales, el deterioro de la capacidad física y motriz, sentimiento de inutilidad, falta de adaptación por la pérdida de autoestima, alteraciones, de tipo cardiovasculares, odontológicas, digestivas, auditivas, visuales, entre otros. En términos generales, se considera anciano a toda persona mayor de 60 años de edad, de acuerdo a lo establecido por la Organización Mundial de la Salud (OMS). La longevidad no es un problema, sino una etapa de la vida para la que hay que estar preparados física y emocionalmente, logrando así una vejez productiva, útil y activa. A través de la historia podemos observar que el papel del anciano dentro de la familia y la sociedad ha cambiado. Anteriormente él era jefe patriarca y máxima autoridad; hoy, el anciano, es sinónimo de "carga y estorbo" en la gran mayoría de los casos. Vivimos en una sociedad en donde el tiempo y las cifras son de gran valor, provocando así la indiferencia y exclusión hacia los ancianos. El mundo moderno no tolera la caducidad, se esfuerza por combatir al tiempo y renegar la vejez. Actualmente, la sociedad en la que vivimos insiste en utilizar la edad cronológica para muchos fines sociales y laborales, prefiriendo a la gente joven y relegando a los ancianos. El problema del "edadismo", designa una forma de discriminación ante el anciano a causa de su edad, que resulta ser tan peligrosa e infundada como el racismo y el sensismo. Frente a esto, el anciano de escasos recursos, confronta una doble problemática, ya que debido a su situación social, también es rechazado por su estatus socio económico. Con frecuencia nos topamos con la realidad desgarradora de que el anciano ni siquiera se dio cuenta de que envejeció; que no contó con la orientación, apoyo familiar y/o social para vivir más allá de los sesenta años de edad. Frente a esto, resulta necesario preparar a la sociedad para envejecer; así como revalorizar el papel de la ancianidad, queconstituye parte esencial de la historia, la familia y nuestro ser. La vejez es una etapa más de la vida que ofrece metas, triunfos y grandes satisfacciones. No podemos seguir asumiendo al longevo como una "carga" para la sociedad. Hoy debemos revertir ese esquema y considerar al anciano esencia de nuestra existencia

viernes, 11 de julio de 2008

El bien de los ancianos





Muchos de nuestros mayores han gastado su vida por el bien de su familia y de la comunidad, desde su lugar y vocación. Muchos son verdaderos discípulos misioneros de Jesús por su testimonio y sus obras. Merecen ser reconocidos como hijos e hijas de Dios, llamados a compartir la plenitud del amor, y a ser queridos, en particular, por la cruz de sus dolencias, la capacidad disminuida o la soledad... (AP 449)





El poder de Dios se puede revelar en la edad de ustedes, incluso cuando ésta se ve marcada por límites y dificultades. «Dios ha escogido lo que el mundo considera necio para confundir a los sabios; ha elegido lo que el mundo considera débil para confundir a los fuertes, lo que no es nada a los ojos del mundo para anular a quienes creen que son algo

miércoles, 11 de junio de 2008

Ansias de Libertad



Sería sordo y ciego quien esté ante un hombre, un pueblo y no perciba la aflicción o escuche el clamor de un corazón oprimido. Todo hombre conoce el bello sufrimiento (no siempre enfrentados) de ser un ahnelo, de existir, pero no estar aun en posesión de una plenitud, que aun no podemos definir, pero sabemos nos corresponde. Eso somos, un pobre soñador, consciente de nuestros límites, pero no pudiendo acallar nuestras ansias de libertad. Tan fuerte es este gemido que llego a los oídos de Dios. Cómo no lo va a escuchar si él mismo es quien nos regaló un corazón parecido al suyo. El sabe cuál es nuestro destino, sabe que implica sufrimiento, pero en su misteriosa sabiduría cree que aún así vale la pena y está dispuesto a compartir nuestra suerte, a involucrarse, para que nuestras ansias y ahnelos sean posibles.
Para emprender un camino de libertad no es suficiente querer liberarse de algo o de alguien, hace falta un motivo que cautive, que enamore, que sea capaz de absorber todo lo que implicará esa aventura, esa interperie. Solo un encuentro, solo la libertad de poder amar y ser amado, será capaz de sostener la marcha, de no claudicar ante la adversidad, y de no desesperar en los largos tiempos de espera y soledad.
(Padre manuel pascual)

viernes, 30 de mayo de 2008

Para pensar un ratito

La alegría del discípulo es antídoto frente a un mundo atemirizado por el futuro y agobiado por la violencia y el odio. La alegría del discípulo no es un sentimiento de bienestar egoísta sino una certeza que brota de la fe, que serena el corazón y capacita para anunciar la buena noticia del amor de Dios. Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con n uestras palabras y obras es nuestro gozo.
(Doc. Aparecida 29)
La naturaleza del diálogo entre Dios y el hombre es diferente de la del diálogo entre dos seres humanos. La imagen de un Dios que dirige su palabra al hombre, no oculta ni anula de ninguna manera la distancia abismal que separa al misterio de Dios de la criatura humana.
Para entrar en un verdadero diálogo con Dios al escuchar su palabra tenemos que evitar ambos extremos: el extremo de hacer nuestra la palabra de Dios haciéndole decir lo que nosotros queremos, sin ponernos en la actitud oyente de la Palabra, y el extremo de ver en la Palabra a un objeto a considerar y analizar, pero que no tiene una relación íntima con nuestra realidad creyente.
(Horacio Lona, ¿Qué es la espiritualidad bíblica?, Ed Claretiana, 2006, pag.21, 23)

sábado, 3 de mayo de 2008

¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?


¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta, cubierto de rocío,
pasas la noches del invierno oscuras?
¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,
si de mi ingratitud el hielo frío
secó las llagas de tus plantas puras!
¡Cuántas veces el ángel me decía:
“Alma, asómate ahora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía”!
¡Y cuántas, hermosuras soberanas,
“Mañana le abriremos”, respondía,
para lo mismo responder mañana!

Lope de Vega




El tema, mil veces vivido por el poeta, tan proclive al desvío como al arrepentimiento, expone una de tantas situaciones de incomodidad interior, ante la sucesión de sus vivencias de hombre pecador que se sabe llamado por Dios, una y otra vez, a la conversión inaplazable. El enfoque comparativo destaca la amorosa y paciente espera silenciosa de Cristo, sujeto a todos los agravios que infiere la infidelidad, con tal de alcanzar al fin su atenta respuesta. En su espiritual desconsuelo, el poeta imagina la dureza de su indiferencia como la actitud de quien sabe a Jesús desamparado a la intemperie fría de la noche, sufriendo el relente tras la puerta, mientras se excusa una y otra vez, sin lograr desalentar por eso las esperanzas de Cristo. Por eso iniciará el poema preguntando ya a Jesús la razón por la que se empeña tanto en procurar su amistad: “¿Qué tengo yo?”, pregunta el poeta...

La supuesta presencia de Jesús apostado a la puerta, es una imagen asimilable a la que se expresa en la parábola evangélica del buen pastor...

Quienes han recorrido la biografía del genial poeta y dramaturgo, reconocen la sinceridad con que, en su soledad y vejes no siempre feliz, el escritor recurría a la plenitud expresiva del arte poético para confesar confuso por qué atrevidos recovecos se empeño en conducir su propia montura. La grandeza de su obra con que ha premiado al mundo entero, le redime no poco de sus desatenciones para con Dios y sus semejantes.


*Extraido de: “¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?”, Boletín de espiritualidad del Centro de Espiritualidad Ignaciana de Argentina Nº 213, Abril-Junio 2006, Pag. 46-47