domingo, 21 de septiembre de 2008

JESUS Y EL DESARRAIGO II


Quien se decida por el seguimiento de Jesús debe saber que opta por una situación de carencia de toda protec­ción y apoyo:

"Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos; pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza" (Mt 8,20).

El llamado de Jesús para que sus discípulos adoptaran esta extraña forma de vida que El ya había abrazado antes tenía como motivación el anuncio de la inminente llegada del Reino de los Cielos (Mc 1,14-15): El tiempo fijado por Dios para la irrupción de su Reino en este mundo ya había llegado a su plenitud. El período actual de la historia tocaba a su fin, y ya se vislumbraba el comienzo de los tiempos escatológicos. El proceder de Jesús, y de los discípulos con Él, mostraba con los gestos, más que con las palabras, la precariedad de este orden existente. Ya no había espacio para instalarse en este mundo cuando todo debía desapare­cer para ceder su lugar al Reino que se iniciaba.

La total transformación que trae la llegada del Reino explica la radicalidad del llamado, que no admite medias tintas, como también la urgencia que no deja espacio para ninguna dila­ción. Así lo muestra la respuesta dada a aquel que pedía algún tiempo de espera hasta que sepultara a su padre (Mt 8,21-22; Lc 9,60) y la que se le dio a aquel otro que primero quería despedirse de su fami­lia:

"El que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios" (Lc 9,62).

La Biblia contiene la Palabra de Dios profundamente enraiza­da en una historia. Los condicionamientos culturales de la predi­cación de Jesús exigen un especial tratamiento para no confundir lo esencial con aquello que pertenece al mundo de imágenes utili­zadas por los hombres de una época en un lugar determinado del mundo. Esto que se dice de toda la Sagrada Escritura vale de una manera muy especial cuando se trata de un caso como el presente, en el que se trata de lo escatológico y con frecuencia se recurre a imágenes y expresiones propias de la apocalíptica.

Las palabras y los gestos de Jesús muestran a los hombres que se está ante una irrupción de la acción de Dios en la historia humana. La humanidad entera se encuentra frente a Dios, que juzga el mundo de los hombres y quiere llevarlo hacia la realización plena de su plan: la salvación. Dios hace cielos nuevos y tierra nueva (ver Is 65,17; Apc 21,1-5), en los que solamente puede ingresar el hombre renovado.

Cuando se toma conciencia de lo que significa este aconteci­miento único, no queda lugar para postergaciones. El hombre debe optar por aceptar el plan de Dios, así como se revela en Jesucris­to, o permanecer anclado en el compromiso con el pecado y con las formas de vida que se originan o se conforman con ese pecado. Como en el caso de la mujer de Lot, cuando se destruye el mundo del pecado no es lícito mirar hacia atrás (ver Gn 19,26).

Ante la presencia de Jesucristo, que revela el plan originado en el amor salvador del Padre e invita a los hombres a entrar en él, todo es puesto en crisis. La misma existencia del cristiano, las estructuras dentro de las que se mueve, sus criterios, la perte­nencia familiar o nacio­nal, el uso de los bienes, todo debe ser sometido a crítica para que adquiera una nueva forma, que no es 'la forma del mundo'. El creyente debe transformarse interior­mente y renovar la menta­li­dad (Rom 12,2), hasta llegar a ser 'una nueva creación' (2Cor 5,17) por su pertenencia a Cristo. Pero esto trae como consecuencia que por su conducta y su catego­ría de valo­res se sentirá como ajeno en este mundo, así como se sienten los extran­jeros en una tierra que no es la propia.
El cristiano está llamado a vivir como extranjero, 'desarrai­gado' en este mundo, como un signo de la nueva creación que ya se hace presente. Viviendo ya por anticipado en los 'cielos nuevos y tierra nueva' mientras todavía permanece en este mundo, encuentra que el nombre de 'extranjero' es el que mejor le conviene y al que nunca debe renunciar.

Pbro. Luis Heriberto Rivas

jueves, 18 de septiembre de 2008

JESUS Y EL DESARRAIGO



La situación de desarraigo del hombre en el mundo se ilumina de una forma especial y adquiere un sentido completamente nuevo a la luz de la predicación de Nuestro Señor Jesucristo, que lleva al creyente a sentirse como 'extranjero' ante una realidad escatológica que ya se hace presente.

La situación del extranjero se caracteriza por una serie de condiciones que se pueden designar en su conjunto como 'desarrai­go'. Con este nombre se indica la carencia de los elementos que pueden dar estabilidad a una persona en una sociedad: como un tronco sin raíces no puede fijarse en el suelo, sino que está condenado a caer y a rodar, así también el hombre en un territorio extranjero. Hablar de desarraigo es hacer referencia a la carencia de un hogar propio, la falta de apoyo de familiares y amigos, el no tener bienes estables, a todo esto se agrega fre­cuen­temente la dificultad del manejo del idioma que se habla en el nuevo domici­lio, o la falta de familiaridad con las costumbres y normas de conducta.

La primera predicación de Jesús es un urgente llamado al hombre para que se coloque en una situación de desarraigo: abando­no del hogar, renuncia a la familia y a los bienes, opción por una vida itinerante. A los primeros discípulos los separó de su familia y de su tarea habitual:

"...ellos dejaron sus redes y lo siguieron..." "...y ellos, dejando en la barca a su padre Zebe­deo con los jornaleros, lo siguieron" (Mc 1,18.20).

El seguimiento de Jesús implica la renuncia a la familia:

"...permíteme antes que vaya a enterrar a mi padre. ... Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos" (Mt 8,21-22).
"Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo" (Lc 14,26).

miércoles, 13 de agosto de 2008

Para Recordar

La memoria religiosa no es un sector o parcela de la memoria, no es una galería destinada a museo sacro. Es la vida entera del hombre vista a una cierta luz, es memoria agradecida y contricta. Del recuerdo nacera la esperanza.


La memoria es el lugar de contemplación, ya que de Dios solo podemos ver su espalda, como Moisés y de sus palabras sólo alcanzamos a oír el eco. La memoria passionis obliga a los cristianos tanto a solidarizarse con el pueblo doliente como recuperar la voz extinguida de las víctimas del pasado. No hay comunidad sin memoria, ni memoria sin comunidad.


José María Cabodevilla, La memoria es un árbol, Ed. Paulinas, 1993.

sábado, 19 de julio de 2008

La ancianidad


La vejez es un proceso biológico irreversible, que se presenta durante la tercer o última etapa de la vida del ser humano; caracterizada por la manifestación de cambios psicológicos importantes que incluyen disminución de las facultades mentales, el deterioro de la capacidad física y motriz, sentimiento de inutilidad, falta de adaptación por la pérdida de autoestima, alteraciones, de tipo cardiovasculares, odontológicas, digestivas, auditivas, visuales, entre otros. En términos generales, se considera anciano a toda persona mayor de 60 años de edad, de acuerdo a lo establecido por la Organización Mundial de la Salud (OMS). La longevidad no es un problema, sino una etapa de la vida para la que hay que estar preparados física y emocionalmente, logrando así una vejez productiva, útil y activa. A través de la historia podemos observar que el papel del anciano dentro de la familia y la sociedad ha cambiado. Anteriormente él era jefe patriarca y máxima autoridad; hoy, el anciano, es sinónimo de "carga y estorbo" en la gran mayoría de los casos. Vivimos en una sociedad en donde el tiempo y las cifras son de gran valor, provocando así la indiferencia y exclusión hacia los ancianos. El mundo moderno no tolera la caducidad, se esfuerza por combatir al tiempo y renegar la vejez. Actualmente, la sociedad en la que vivimos insiste en utilizar la edad cronológica para muchos fines sociales y laborales, prefiriendo a la gente joven y relegando a los ancianos. El problema del "edadismo", designa una forma de discriminación ante el anciano a causa de su edad, que resulta ser tan peligrosa e infundada como el racismo y el sensismo. Frente a esto, el anciano de escasos recursos, confronta una doble problemática, ya que debido a su situación social, también es rechazado por su estatus socio económico. Con frecuencia nos topamos con la realidad desgarradora de que el anciano ni siquiera se dio cuenta de que envejeció; que no contó con la orientación, apoyo familiar y/o social para vivir más allá de los sesenta años de edad. Frente a esto, resulta necesario preparar a la sociedad para envejecer; así como revalorizar el papel de la ancianidad, queconstituye parte esencial de la historia, la familia y nuestro ser. La vejez es una etapa más de la vida que ofrece metas, triunfos y grandes satisfacciones. No podemos seguir asumiendo al longevo como una "carga" para la sociedad. Hoy debemos revertir ese esquema y considerar al anciano esencia de nuestra existencia

viernes, 11 de julio de 2008

El bien de los ancianos





Muchos de nuestros mayores han gastado su vida por el bien de su familia y de la comunidad, desde su lugar y vocación. Muchos son verdaderos discípulos misioneros de Jesús por su testimonio y sus obras. Merecen ser reconocidos como hijos e hijas de Dios, llamados a compartir la plenitud del amor, y a ser queridos, en particular, por la cruz de sus dolencias, la capacidad disminuida o la soledad... (AP 449)





El poder de Dios se puede revelar en la edad de ustedes, incluso cuando ésta se ve marcada por límites y dificultades. «Dios ha escogido lo que el mundo considera necio para confundir a los sabios; ha elegido lo que el mundo considera débil para confundir a los fuertes, lo que no es nada a los ojos del mundo para anular a quienes creen que son algo